Recordando la sangrienta Batalla urbana en Hue de la Guerra de Vietnam

El libro «Hue 1968», de Mark Bowden, narra desde el nivel de la calle una fascinante historia

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El nuevo libro de Mark Bowden «Hue 1968: A Turning Point of the American War in Vietnam» [Hue 1968: un punto de inflexión en... Recordando la sangrienta Batalla urbana en Hue de la Guerra de Vietnam

El nuevo libro de Mark Bowden «Hue 1968: A Turning Point of the American War in Vietnam» [Hue 1968: un punto de inflexión en la guerra estadounidense en Vietnam] consigue un hecho poco habitual ─aborda un conflicto de una escala y consecuencias terribles y nos permite ver cómo se desarrolla desde el nivel de la calle a través de los ojos de soldados estadounidenses y vietnamitas que estuvieron implicados en el combate, corresponsales y activistas que observaron el caos y civiles que se vieron atrapados en el fuego cruzado─.

Bowden ya es de sobra conocido por la minuciosa narración de la Batalla de Mogadishu en su libro Black Hawk Down. Su especial atención a los testimonios de primera mano le da mucho sentimiento a los acontecimientos que se desarrollan.

Establece la conexión entre el combate en cada calle, cada pérdida de vidas humanas, las noticias de prensa y las acciones o inacciones a lo largo de las cadenas de mando estadounidenses y norvietnamitas que se aferraban desesperadamente a la ilusión de su propio éxito.

Las historias personales que recoge Bowden en su libro no solo resultan profundamente conmovedoras y horripilantes por momentos, sino que también plantean incómodos paralelismos con los actuales acontecimientos en Oriente Medio y Afganistán.

Aeródromo en la Ciudadela de Hue en julio de 1967. Foto de Wikimedia

La Ciudad Imperial a orillas del Río Perfume

Tuve la suerte de visitar Hue hace unos años. Al leer el libro de Bowden me sorprendió lo bien que se las apaña para describir la distribución de la ciudad y captar su encanto y tranquilidad en comparación con el bullicioso ambiente de Hanoi o Saigón.

La antigua capital imperial, que en 1968 tenía una población de 140.000 habitantes, está dividida en dos por el río Huong, también conocido como el río Perfume. En la mitad norte se levantan los «escarpados e inexpugnables» muros de la ciudadela y los terrenos del palacio real de la dinastía Nguyen, de un estilo que imita la arquitectura de Beijing.

En la ribera sur se asentaba la sede del mando de asistencia militar de Vietnam [Military Assistance Command, Vietnam (MACV)], una de las pocas bases militares en una ciudad que se encontraba a poca distancia de la zona desmilitarizada que separaba las dos Vietnam.

Los ciudadanos de Hue, muchos de ellos devotos budistas o católicos, no le tenían mucho cariño al régimen corrupto y desunido de Saigón, ni al gobierno autoritario de Hanoi. Pero las fuerzas comunistas contaban con más apoyo en las comunidades rurales circundantes.

En 1967, una facción violenta de Hanoi dirigida por el presidente Le Duan insistió en emprender la Ofensiva del Tet, un ataque sorpresa contra prácticamente todas las principales comunidades y bases militares de Vietnam del Sur, programado para realizarse durante la festividad del Tet a finales de enero de 1968 ─normalmente un periodo de tregua─.

Pero Hue era el único lugar que Hanoi contaba con capturar: para la invasión desplegaría cuatro regimientos de tropas regulares del ejército norvietnamita y ocho batallones de insurgentes locales del Viet Cong, apoyados por cohetes y artillería convencional, morteros pesados, cañones sin retroceso y muchas granadas propulsadas por cohete (RPG). Los líderes norvietnamitas creían que si una gran fuerza capturaba una ciudad poco defendida inspiraría un levantamiento popular entre sus ciudadanos.

Sin embargo, tanto Ho Chi Minh como el principal general norvietnamita, Vo Nguyen Giap, desaprobaron el plan y se mantuvieron al margen de lo que consideraban una empresa temeraria. Los comandantes sobre el terreno también sabían que tenían pocas probabilidades de éxito, pero se implicaron totalmente en el ataque, decididos a hacer que su sacrificio fuera memorable.

Mientras tanto, el jefe de las fuerzas estadounidenses en Vietnam, el general William Westmoreland, alimentaba a la Casa Blanca con una dieta regular de informes optimistas sobre sus progresos para derrotar a la insurgencia comunista, basada en el «recuento de cadáveres» que creía que demostraban unos índices de muertos claramente a favor del Sur.

Si los corresponsales que se encontraban de verdad en primera línea informaban de una situación mucho menos favorable ─y estaban horrorizados por las realidades del programa de pacificación─ eran tachados de derrotistas contrarios a Estados Unidos, las «falsas noticias» de los años sesenta. Pero lo que eran falsas noticias era el recuento de cadáveres, demasiado exagerado por los comandantes sobre el terreno para su autobombo.

El libro Hue 1968 recoge con vivo detalle la historia de innumerables personas reales. Como no todas sobreviven a los acontecimientos, es difícil no sentir suspense a medida que se va desarrollando cada historia a lo largo del transcurso de la batalla.

Por poner sólo algún ejemplo: Un poeta revolucionario budista pone a prueba su carisma al intentar introducir armas en la ciudad. Un soldado que posteriormente fue condecorado con la Medalla de Honor escribe a casa contando sus planes de montar su propia granja a la vuelta mientras cuenta los días hasta el final de su despliegue; ¿qué podría salir mal cuando le quedan solo unos días en un puesto muy alejado de primera línea? Una adolescente que sobrevivió a las torturas de manos de los soldados survietnamitas se vale de su aspecto juvenil para espiar las posiciones militares ─más tarde se dedica a cazar carros estadounidenses con un lanzacohetes─. Un diplomático estadounidense visita a la familia de su prometida vietnamita durante las vacaciones ─todo para que los dos acaben separados y atrapados por el fuego de artillería y las tropas enemigas que invaden la ciudad─.

Un infante de marina estadounidense lleva en brazos a una vietnamita herida durante los combates en Hue. Foto del Archivo Nacional estadounidense

Primera lección de combate urbano

Cuando finalmente arrancó la ofensiva del Tet el 30 de enero, Westmoreland le restó importancia a los informes que salían de Hue en pro de resaltar su éxito al contener un ataque mucho más reducido en Saigón. Se concentró en la amenaza de un asalto del NVA [Ejército Norvietnamita] sobre la sitiada base de fuegos de la Infantería de Marina estadounidense en Khe Sanh.

Pero hoy día resulta ampliamente aceptado que la amenaza sobre Khe Sanh fue una distracción. Mientras tanto, las fuerzas comunistas lanzaron un importante golpe de mano sobre Hue, haciéndose con casi toda la ciudad en un ataque nocturno por sorpresa.

En un intrépido ataque dejaron fuera de servicio una base survietnamita de carros de combate. Se hicieron con el palacio real e izaron una bandera nacionalista gigante, hecha especialmente para la ocasión. Solo quedaron algunas zonas aisladas de la ciudad, principalmente la sede del mando de asistencia militar de Vietnam (MACV) y el destacamento de Mang Ca en la ciudadela.

Aún así, los jóvenes idealistas comunistas que lo organizaron todo se sintieron decepcionados al no ver que se materializara un efusivo apoyo popular en masa. Cuando las tropas norvietnamitas empezaron a avanzar por toda la ciudad, los pelotones también empezaron a reunir a los partidarios del régimen de Saigón y a los extranjeros, lo que desembocó en una purga nada racional en la que fueron asesinados por lo menos mil civiles.

Muchos lugareños intentaron salir de la ciudad para escapar de la represión. No sólo tuvieron que evitar las patrullas del Viet Cong, sino que también corrieron el peligro de recibir los disparos de los soldados survietnamitas.

En respuesta a estos acontecimientos, se envió una fuerza de respuesta de únicamente dos compañías de infantes de marina ─de la Task Force X-Ray [Fuerza Operativa Rayos X] con base en el campamento cercano de Phu Bai─ para apoyar a la sede del mando de asistencia militar de Vietnam [Military Assistance Command, Vietnam (MACV)] en Hue. Los infantes de marina subidos en camiones, con el apoyo de unos pocos carros de combate, se metieron directamente en una letal emboscada poco después de cruzar el puente de Ann Cuu, como relata Bowden con todo lujo de detalles en su libro.

Se acercaron a un grupo de casas de dos plantas que se levantaban a ambos lados cerca de la carretera. A [el Capitán] Batcheller le recordaba una ciudad del antiguo Oeste de las películas. Cuando cruzaban a toda velocidad con las armas al rojo vivo fueron sorprendidos prácticamente por el mismo volumen de fuego.

Un cohete explotó contra el carro de Batcheller y notó los pinchazos de un chorro de metralla. Cuando salieron de la emboscada, su operador radio, que estuvo a su lado todo el tiempo, había muerto. Se ve que le alcanzó la explosión. Apoyado contra la torreta estaba uno de sus sanitarios, que además de otras heridas le faltaban ambas piernas por debajo de las rodillas… Había infantes de marina repartidos por la carretera, y otros que se arrastraban intentando ponerse a salvo. A uno le faltaban ambos brazos y ambas piernas, todavía vivo y gritando.

La columna de infantes de marina tuvo que combatir duramente para abrirse paso a través de varios barrios de la ciudad y le costó mucho llegar hasta la sede del MACV. En cuanto estuvieron allí les ordenaron que recuperaran inmediatamente la ciudadela, que se encontraba al otro lado del río.

Cuando el comandante del Batallón de Infantería de Marina intentó explicar lo mucho que les superaban en personal y armamento, su superior no quiso creerle y le ordenó que de todas formas atacara con sus 400 hombres ─contra una posición fuertemente fortificada ocupada por varios miles de soldados del NVA [Ejército Norvietnamita] y del Viet Cong─.

Sorprendentemente, dos secciones de infantes de marina lograron cruzar el puente de Truong Tien mientras el fuego de ametralladora lo barría de lado a lado ─todo para ser recibidos al otro lado del puente por un fuego devastador procedente de los muros de la ciudadela─. Los infantes de marina se vieron obligados a retirarse rápidamente cruzando el puente mientras utilizaban camiones para evacuar a los heridos.

Westmoreland ignoró deliberadamente los informes de sus propias tropas en favor de las estimaciones que decían que sólo unos pocos cientos de Viet Cong habían ocupado Hue. Los infantes de marina, tras recibir escasos refuerzos, recibieron la orden de volver a atacar a las tropas vietnamitas que combatían desde posiciones fortificadas en casas y apartamentos bajo el apoyo de ametralladoras, morteros y armas contracarro.

Los primeros asaltos fueron un desastre. A medida que los infantes de marina avanzaban al descubierto por la calle eran abatidos uno detrás de otro. La infantería estadounidense estaba acostumbrada a contar con un fuerte apoyo aéreo y de artillería para fijar y destruir al enemigo. Pero en Hue los infantes de marina no tenían permitido el empleo de apoyo de fuegos, ni del cañón de los carros de combate, por miedo a que pudieran destruir edificios históricos de la ciudad. El mal tiempo y la escasez de unidades de artillería cercanas limitaron aún más el empleo de apoyo de fuegos.

Tras la crudeza de las primeras experiencias, el Coronel Ernie Cheatham literalmente se volvió a leer los manuales sobre combate urbano. Se dio cuenta de que avanzar por las calles era un suicidio y que la mejor forma de asaltar un edificio no era por puertas o ventanas sino abriendo un agujero en la pared.

Se hizo con todas las armas pesadas que pudo encontrar ─morteros, cañones sin retroceso de 106 milímetros, cañones antiaéreos autopropulsados M42 Duster, cohetes contracarro LAW─ y luego las utilizó para volar sistemáticamente las posiciones defensivas enemigas edificio por edificio. Después mandaba que entraran los fusileros para acabar con los supervivientes que quedaran entre los escombros.

Un arma extraña que destacó considerablemente fue el vehículo contracarro Ontos, que llevaba un montaje con seis cañones sin retroceso. Puedes ver uno en acción en Hue en el siguiente vídeo.

La única sección de carros de combate M-48 de la que disponían también desempeñó un papel destacado. Los carros llevaban a los heridos y el armazón de metal de los carros proporcionaba una cubierta de vital importancia a los infantes de marina que avanzaban por las calles.

Además, algunas veces las tripulaciones de los carros, superadas por las circunstancias, desobedecían las reglas de enfrentamiento para volar una posición enemiga.

Los norvietnamitas contaban con sus propios cañones sin retroceso, con los que lograron perforar el blindaje de los carros M-48 en varias ocasiones, hiriendo o matando a la tripulación. Los carristas se volvieron paranoicos respecto a salir de los carros, que parecían chimeneas del humo de tabaco que salía durante las pausas en los combates en la sede del MACV.

Después de una batalla brutal para capturar el estadio de la ciudad, los carristas echaron una carrera por la pista antes de ser relevados por otra sección de carros, aunque no antes de que un último carrista resultara gravemente herido por un proyectil de mortero mientras cargaba su carro en una barca.

Infantes de marina en Hue. Foto del Cuerpo de Infantería de Marina de EE.UU.

El tremendo peaje

El libro Hue 1968 le dedica especial atención al importante papel que desempeñaron los corresponsales al divulgar el hecho de que estaba teniendo lugar una gran batalla en Hue, al contrario de lo que decían Saigón y Washington de que todo estaba bajo control.

Bowden también describe los ataques de las unidades del Ejército de Tierra estadounidense sobre la base logística del NVA en la selva cercana para así intentar aliviar la presión sobre los infantes de marina. Una vez más, los ataques iniciales recibieron demasiado poco apoyo como para llegar a tener éxito, y un batallón del Ejército de Tierra acabó rodeado e incluso se vio obligado a retirarse durante la noche para evitar que lo destruyeran.

Bowden no escatima en palabras para describir la crueldad y el sinsentido de las ejecuciones norvietnamitas, y el racismo y desprecio por los refugiados civiles que mostraron las fuerzas estadounidenses en Vietnam. Los civiles que intentaban cruzar las variables líneas del frente corrían un riesgo enorme. Al final miles de refugiados acabaron reuniéndose en torno a la sede del MACV y allí se quedaron sin comida ni agua durante días.

Un soldado estadounidense recuerda a una mujer de mediana edad que se prostituía a cambio de raciones de campaña para alimentar a su familia.

No todo el mundo era cruel. Había personas con corazón. Los civiles vietnamitas arriesgaron sus vidas para proteger a sus huéspedes extranjeros. Los curas dieron cobijo a miles de civiles en sus iglesias en la parte norte de la ciudad. Tanto el personal sanitario militar como el civil trabajaron incansablemente para salvar tantas vidas como pudieron.

Tras una semana y media de sangrientos combates, el batallón de Cheatham consiguió despejar el triángulo meridional de Hue. Entonces se le asignó el cometido de asaltar los enormes muros de la ciudadela a la Compañía Alfa ─que acababa de incorporarse y por tanto sus soldados estaban frescos─ del 1er Batallón del 5º Regimiento [Alpha 1/5] de Infantería de Marina al mando del comandante Bob Thompson.

La recién llegada unidad cruzó el río Perfume bajo una lluvia de proyectiles y repitió muchos de los errores de sus predecesores. Sufrieron considerables bajas durante los primeros días del asalto a la ciudadela. A lo largo de las tres semanas siguientes, los infantes de marina lucharon por el control de las torres fortificadas de la ciudadela. Los soldados escalaban los muros de piedra como si asaltaran una fortaleza medieval.

Finalmente con los cielos despejados y gracias a los cambios en las reglas de enfrentamiento se permitió que cayera sobre la ciudadela toda la furia del apoyo aéreo y de la artillería estadounidenses. Aunque el apoyo de fuego fuera dirigido a machacar las fuertemente defendidas posiciones comunistas, las bombas y proyectiles de artillería también acabaron con la vida de muchos civiles que estaban escondidos en sus casas. Muchos otros fueron abatidos por los disparos de los soldados de ambos bandos que consideraban como blanco a todo aquello que se moviera.

Los posteriores capítulos del libro Hue 1968 no incluyen los diferentes puntos de vista de los vietnamitas que sí aparecen en la primera parte del libro, tanto del lado norvietnamita como sobre todo del surviernamita, que estaban presentes en Hue en mayor número y sufrieron más bajas que los infantes de marina estadounidenses.

El enfoque de Bowden a nivel de calle también incluye algunos detalles puntuales sobre las operaciones de la Armada y del Ejército del Aire estadounidenses en Hue, que obviamente aumentaron mucho cuando los buques de la Armada apoyaron directamente con fuego naval y los aviones Skyhawk y Phantom del Ejército del Aire arrasaron la ciudadela. El ambicioso alcance global de los primeros capítulos se reduce a la visión más fragmentada de los infantes de marina que combatieron edificio por edificio.

Para cuando los supervivientes de las últimas unidades del NVA se retiraron de la ciudad el 3 de marzo, Bowden calcula que durante los combates en Hue murieron 10.000 personas ─aproximadamente 250 militares estadounidenses, por lo menos 10 veces más soldados norvietnamitas y del Viet Cong, 500 militares survietnamitas y alrededor de 6.000 civiles─.

Un zulo comunista de municiones hace explosión en Hue. Foto del Cuerpo de Infantería de Marina de EE.UU.

Puntos de inflexión

La Ofensiva del Tet marcó un punto de inflexión inusual en la guerra. En términos militares, las fuerzas norvietnamitas sufrieron una costosa derrota de la que sus tropas tardaron años en recuperarse.

Pero al empeñarse en una batalla perdida, Hanoi había ganado la guerra. La batalla acabó con la confiada ilusión de Washington en un avance constante, y con la fe en el «recuento de cadáveres» que difundía Westmoreland. Quedó claro que Vietnam del Sur apenas podía mantener sus posiciones en los principales núcleos de población del país sin un fuerte apoyo estadounidense.

Para la parte del público estadounidense que ya estaba harta de los costes en aumento y los compromisos morales de la Guerra de Vietnam, la Batalla de Hue significó que para «ganar» la Guerra de Vietnam se necesitaba mucho más tiempo, esfuerzo y vidas de lo que estaban dispuestos a sacrificar. Y dejó patente que las fuerzas comunistas estaban dispuestas a grandes sacrificios.

Hoy día Hue representa el testimonio de cómo las comunidades pueden recuperarse incluso del trauma más grande si se les concede el tiempo suficiente. Actualmente la ciudad vuelve a ser un centro de cultura, religión e incluso gastronomía. Los pequeños restaurantes familiares a lo largo de los canales invitan a los transeúntes a probar sus delicias. El palacio imperial ha sido parcialmente restaurado de los estragos de la guerra.

En un rincón de la ciudadela, un pequeño museo militar con una colección de carros de combate, aviones de combate y armas pesadas también conserva algunas reliquias personales del conflicto y aporta una narrativa pro-Hanoi de la batalla con más que un poco de fanfarronería. Una placa al pie de una ametralladora ligera indica que se utilizó para «derribar cuatro helicópteros estadounidenses».

Pero actualmente es más probable que Vietnam compre y no que derribe un helicóptero estadounidense, ya que parece que Washington y Hanoi pretenden establecer vínculos económicos y militares más estrechos. Por supuesto, se mantienen las diferencias políticas entre Estados Unidos y Vietnam, pero las cicatrices más profundas de la guerra se desvanecen poco a poco a medida que surgen nuevos edificios, nuevos proyectos nacionales y nuevas generaciones.

El libro de Bowden nos recuerda las duras lecciones aprendidas en Hue al entrelazar lo personal, lo político y las realidades tácticas del combate con las disfunciones estratégicas que sustentaron la guerra estadounidense en Vietnam.

Algunos críticos se quejan de que Bowden es demasiado duro con los generales, que a su muy personal valoración le falta la visión estratégica completa para evaluar las opciones de Estados Unidos en la guerra, que es imposible describir ninguna batalla como un punto de inflexión, que sus cientos de notas a pie de página no son lo suficientemente meticulosas y así sucesivamente.

Sí, entre escribir un relato íntimo y fascinante o un análisis académico de alto nivel más moderado, Bowden opta por la primera opción.

En mi opinión, no constituye un error ─las lecciones históricas que tienen una cara humana, que despiertan nuestra repulsa y apelan a nuestro corazón, son más intuitivas y más persuasivas que los secos planteamientos académicos que especulan de forma abstracta sobre lo que podría haber sido una victoria─.

Este artículo fue publicado por primera vez en The National Interest.

Traducido por Jorge Tierno Rey, autor de El Blog de Tiro Táctico.

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