La brutalidad de la Guerra de Corea le revolvió el estómago a los más aguerridos soldados estadounidenses

Masacres y campañas de tierra quemada provocaron un enorme número de bajas civiles

La brutalidad de la Guerra de Corea le revolvió el estómago a los más  aguerridos soldados estadounidenses La brutalidad de la Guerra de Corea le revolvió el estómago a los más  aguerridos soldados estadounidenses
Resulta difícil mantenerse al día respecto a los acontecimientos en el último asalto del cruce de bravuconadas entre Estados Unidos y Corea del Norte.... La brutalidad de la Guerra de Corea le revolvió el estómago a los más  aguerridos soldados estadounidenses

Resulta difícil mantenerse al día respecto a los acontecimientos en el último asalto del cruce de bravuconadas entre Estados Unidos y Corea del Norte. El presidente estdaounidense Donald Trump y el “líder supremo” coreano Kim Jong-un han intercambiado en repetidas ocasiones palabras a través de Twitter y otros medios más formales en mitad de las noticias sobre redespliegues navales, ejercicios a gran escala de artillería con fuego real, desaprobaciones de Naciones Unidas y rumores sobre movimientos de tropas de las potencias regionales.

En el caso de un enfrentamiento militar directo Estados Unidos tendría una clara ventaja sobre Corea del Norte. Eso no significa que una guerra no fuera a suponer un grandísimo y caro esfuerzo. Las Fuerzas Armadas de Corea del Norte están muy destartaladas y anticuadas, pero continúan siendo de las más grandes del mundo. Cuando ambos países se enfrentaron anteriormente, de 1950 a 1953, el conflicto terminó en un empate virtual a lo largo del paralelo 38.

Por supuesto, los cientos de miles de soldados que China envió para salvar a su aliado norcoreano jugaron un papel decisivo en tal resultado, pero el propio Ejército Popular de Corea (EPC) dio mucha pelea contra el mucho más poderoso Estados Unidos y sus aliados. El EPC causó muchísimas bajas en un asalto tipo guerra relámpago [blitzkrieg] hacia el sur y rápidamente se apoderó de vastas franjas de territorio, obligando a Estados Unidos a implementar una política de tierra quemada que dejó un montón de muertos.

En relación per cápita, la Guerra de Corea fue una de las guerras más mortíferas de la historia moderna, especialmente para la población civil de Corea del Norte. El nivel de devastación conmocionó y repugnó a los militares estadounidenses que lo presenciaron, incluidos algunos de los que habían combatido en las más terribles batallas de la Segunda Guerra Mundial.

La Segunda Guerra Mundial fue, con mucho, la guerra más sangrienta de la Historia. Las estimaciones de la cifra de muertos oscilan entre 60 y más de 85 millones, y algunos sugieren que el número real es aún mayor y que solo en China puede que hayan muerto 50 millones de civiles. Incluso las estimaciones más bajas comprenderían aproximadamente el tres por ciento de los 2.300 millones de población mundial estimada en 1940.

Se trata de cifras enormes y resulta que la tasa de mortalidad durante la Guerra de Corea fue comparable a la que sufrieron los países más azotados por la Segunda Guerra Mundial.

Bombarderos estadounidenses B-29 Superfortress lanzan sus bombas sobre Corea en enero de 1951. Foto del Ejército del Aire estadounidense

Varios factores contribuyeron a los altos índices de bajas. La Península de Corea está densamente poblada. Las líneas del frente, que cambiaban continuamente, solían dejar atrás a muchos civiles que quedaban atrapados en zonas de combate. Ambos bandos realizaron muchas masacres y llevaron a cabo ejecuciones masivas de presos políticos. Modernos aviones realizaron una amplia campaña de bombardeos, lanzando grandes cantidades de napalm junto con bombas convencionales.

De hecho, al final de la guerra, Estados Unidos y sus aliados habían lanzado más bombas sobre la Península de Corea, la inmensa mayoría de ellas sobre Corea del Norte, que en todo el Teatro del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial.

“La destrucción física y la pérdida de vidas en ambos bandos fue más allá de toda compresión, pero el Norte sufrió los mayores daños, debido al bombardeo de saturación estadounidense y a la política de tierra quemada de las fuerzas de Naciones Unidas que se retiraban”, escribió el historiador Charles K. Armstrong en un artículo para el The Asia-Pacific Journal [Diario de Asia-Pacífico].

“El Ejército del Aire estadounidense estimó que la destrucción de Corea del Norte fue proporcionalmente superior a la de Japón en la Segunda Guerra Mundial, donde EE.UU. había dejado 64 ciudades importantes convertidas en escombros y usado la bomba atómica para destruir otras dos. Los aviones estadounidenses lanzaron 635.000 toneladas de bombas sobre Corea, es decir, básicamente sobre Corea del Norte, de las que 32.557 toneladas fueron de napalm. Mientras que en todo el Teatro del Pacífico de la Segunda Guerra Mundial lanzaron 503.000 toneladas de bombas”.

Como explica Armstrong, esto supuso una devastación prácticamente sin precedentes.

“Al final de la guerra el número de coreanos muertos, heridos o desaparecidos alcanzó los tres millones, el diez por ciento de toda la población. La mayoría de coreanos muertos se encontraban en el Norte, que tenía la mitad de población que el Sur; aunque la República Popular Democrática de Corea (RPDC) no dispone de cifras oficiales, posiblemente entre el 12 y el 15 % de los habitantes murieron en la guerra, cifra que se acerca o supera la proporción de ciudadanos soviéticos que murieron en la Segunda Guerra Mundial”.

Un avión F-51D Mustang estadounidense lanza napalm sobre Corea del Norte en septiembre de 1951. Foto del Ejército del Aire estadounidense

Los militares estadounidenses que evaluaron los resultados de la campaña aérea en Corea se quedaron conmocionados e indignados por la destrucción. En su controvertido libro Soldier [soldado], el Teniente Coronel Anthony Herbert recopila las reflexiones de los principales generales estadounidenses de la época sobre aquella carnicería.

“Arrasamos prácticamente todas las ciudades tanto de Corea del Norte como de Corea del Sur”, recordaba el General Curtis LeMay. “Acabamos con la vida de más de un millón de civiles coreanos y a varios millones más les echamos de sus hogares, con las inevitables tragedias adicionales que ello conlleva”.

No era la primera vez que LeMay contemplaba los horrores de la guerra. Ya había estado al mando de B-17 Flying Fortress en múltiples bombardeos dentro de territorio alemán antes de encargarse de la campaña de bombardeos estratégicos sobre Japón, incluidos los bombardeos incendiarios de Tokio.

Otro condecorado veterano de la Segunda Guerra Mundial, el General de Ejército (cuatro estrellas) del Ejército del Aire estadounidense Emmett E. “Rosie” O’Donnell, Jr., que posteriormente asumió el mando como Comandante de las Fuerzas Aéreas del Pacífico de 1959 a 1963, corroboró los comentarios de LeMay y Armstrong.

“Yo diría que la totalidad, casi toda la Península de Corea, es un completo desastre. Está todo destruido”, dijo O’Donnell. “No queda nada en pie que valga la pena nombrar”.

Quizás el relato más mordaz sobre tal destrucción vino de boca del General Douglas MacArthur.

MacArthur se había convertido en un héroe nacional por sus hazañas como comandante de las Fuerzas del Ejército de Tierra estadounidense en el Lejano Oriente durante la campaña de Filipinas en la Segunda Guerra Mundial y como Comandante Supremo de las Potencias Aliadas durante la ocupación de Japón antes de ser nombrado Comandante del Mando de Naciones Unidas al principio de la Guerra de Corea.

El General Douglas MacArthur posa al lado de un carro de combate norcoreano destruido. Foto del Ministerio de Defensa estadounidense

A pesar de su larga y notoria carrera como oficial, se puso a criticar al Presidente Harry Truman por cómo se estaba llevando a cabo la guerra en Corea. Esto supuso que Truman lo relevara del mando el 11 de abril de 1951. Posteriormente MacArthur declaró en audiencias conjuntas ante la Comisión de Defensa y la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso estadounidense para cuestionar su despido y la “Situación Militar en el Lejano Oriente“.

“Me sobrecogía, me sobrecogía de una manera que no puedo expresar con palabras, esta continua matanza de hombres en Corea”, lamentaba MacArthur durante las audiencias.

“La guerra de Corea ya casi ha destruido esa nación de 20.000.000 de personas. Nunca he visto tanta devastación. He visto, supongo, tanta sangre y destrucción como cualquier otra persona, y sencillamente se me encogió el estómago la última vez que estuve allí. Tras contemplar las ruinas y aquellos miles de mujeres y niños y de todo, vomité… Si continúan indefinidamente, estarán perpetuando una matanza tal como nunca se ha oído hablar en la Historia de la Humanidad”.

Ni Corea del Norte ni Estados Unidos han sido capaces de llegar nunca a un acuerdo sobre el desastre causado por el conflicto.

En Corea del Norte se suele hacer referencia a la guerra como la victoriosa guerra de liberación de la patria, en la que se proclama al Ejército Popular de Corea como el valiente protector del virtuoso pueblo coreano frente al imperialismo estadounidense. Se le resta importancia o se ignoran las bajas y atrocidades de Corea del Norte, así como la campaña de bombardeos estratégicos de Estados Unidos, al tiempo que se ensalzan exageradamente las victorias norcoreanas. Esta historia revisionista está en línea con el culto a la personalidad del “Gran Líder” proclamado por Kim Il-sung y sus herederos que han gobernado el país desde el final de la guerra.

En Estados Unidos la guerra se pierde en cierto modo entre las sombras de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Vietnam. Tuvo lugar cuando los estadounidenses todavía se estaban recuperando de la anterior y, en comparación, fue un conflicto mucho más pequeño y corto. Le faltó la cobertura mediática y el impacto cultural de la prolongada guerra de Vietnam. Su legado también se vio afectado por una preponderancia de atrocidades, algunas de ellas llevadas a cabo por Estados Unidos y sus aliados, y lo que en la mente de muchos estadounidenses terminó siendo una derrota frente a un enemigo más pequeño y débil.

Cadáveres de soldados estadounidenses, hechos prisioneros y masacrados por las tropas norcoreanas en la cota 303. Foto del Ejército de Tierra estadounidense

No fue hasta 1999 cuando Estados Unidos reconoció, tras una larga investigación de la agencia de noticias Associated Press, que en una carta de 1950 del embajador estadounidense John J. Muccio se autorizaba a los comandantes sobre el terreno a adoptar una política de masacrar civiles abiertamente.

La política conllevó masacres en No Gun Ri y Pohang, entre otros lugares, en los que soldados y marineros estadounidenses dispararon contra civiles a sabiendas. Los refugiados que huían de Corea del Norte fueron particularmente objeto de ataques por parte de los militares estadounidenses y surcoreanos bajo el pretexto de que soldados norcoreanos se habían infiltrado entre sus filas para orquestar ataques sorpresa. Mataron a cientos a la vez, muchos de ellos mujeres y niños.

“Sencillamente los aniquilamos”, le contó más tarde Norman Tinkler, antiguo tirador de ametralladora, a la agencia de noticias Associated Press sobre la masacre de No Gun Ri.

Décadas más tarde a Edward L. Daily, otro soldado que estuvo en No Gun Ri, todavía le torturaba lo que presenció allí.

“En las noches de verano cuando sopla brisa, todavía puedo escuchar sus gritos, niños pequeños gritando”, confesó Daily. “El Mando lo consideró la manera más fácil de deshacerse del problema. Esa manera consistía en dispararles en grupo”.

En una entrevista posterior para el periódico The New York Times, Daily dijo que no podía confirmar cuántos coreanos mataron aquel día, hasta 400 es una estimación habitual, pero añadió, “no dejamos de disparar hasta que vimos que no quedaba ninguno vivo”.

Tiempo después Daily fue ascendido a oficial por los méritos contraídos en Corea.

Cañones estadounidenses de 90 milímetros disparando contra las tropas norcoreanas en 1950. Foto del Ejército de Tierra estadounidense

Una comisión del gobierno surcoreano que investiga las matanzas y ejecuciones masivas de prisioneros políticos por parte de los militares de ambos bandos afirma haber documentado “cientos de lugares con restos” de masacres y calcula que murieron en torno a 100.000 personas en tales incidentes.

Probablemente cualquier nuevo conflicto en Corea resulte tan despiadado y mortífero como el último, si no más aún. El potencial destructivo del armamento que poseen ambos bandos ha aumentado exponencialmente en las pasadas décadas. El arsenal nuclear estadounidense ha crecido considerablemente y Corea del Norte ha desarrollado sus propias capacidades nucleares limitadas.

Incluso sin llegar a usar armas nucleares, las armas tradicionales que se utilizarían resultan mucho más poderosas hoy día que hace 75 años. La bomba GBU-43/B Massive Ordnance Air Blast (MOAB) que EE.UU. utilizó por primera vez en Afganistán el pasado mes de abril de 2017 constituye la bomba no nuclear más potente que se haya lanzado nunca. Tras el impacto la bomba de 10 metros de largo y 10.000 kilos de peso guiada por GPS produce una nube en forma de hongo que se puede ver a más de 30 kilómetros de distancia. La explosión arrasa una zona de más de 2’5 kilómetros cuadrados, dentro de la que todo queda destruido.

Actualmente el Ejército del Aire estadounidense sólo dispone de unas 15 MOAB, que no tienen la capacidad para penetrar los numerosos túneles, búnkeres y bases subterráneas reforzadas que los norcoreanos han construido. Para abordar ese problema, el Pentágono ha desarrollado una bomba especial diseñada específicamente para atacar instalaciones subterráneas del tipo que han construido Corea del Norte e Irán. La bomba de 15 toneladas Massive Ordnance Penetrator (MOP) se supone que puede atravesar 60 metros de hormigón antes de explotar para destruir el refugio subterráneo más reforzado que existe.

El arsenal de Corea del Norte no es ni de lejos tan avanzado como el de Estados Unidos, pero es enorme. Algunos analistas insinúan que las enormes reservas de cohetes y artillería convencional del régimen “allanarían Seúl en la primera media hora de cualquier enfrentamiento”. Puede que eso sea concederle demasiado crédito a Corea del Norte, pero sus reservas de cohetes y artillería podrían causar muchas bajas y daños estructurales a Seúl y sus 10 millones de habitantes.

Además las bases que albergan a los 29.000 militares estadounidenses destinados en Corea del Sur están dentro del radio de acción del arsenal de Corea del Norte. La Historia lanza un aviso: otra guerra resultaría impredecible, caótica y extremadamente brutal.

Traducido por Jorge Tierno Rey, autor de El Blog de Tiro Táctico.

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