Tras el pasado ataque terrorista en Francia se plantean varias cuestiones respecto a la seguridad e identidad

Frenar el terrorismo implica frenar tanto el nativismo como el yihadismo

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Nativismo: política que favorece los intereses de los nacidos en un país frente a los de los inmigrantes. El 20 de noviembre el Ministro... Tras el pasado ataque terrorista en Francia se plantean varias cuestiones respecto a la seguridad e identidad

Nativismo: política que favorece los intereses de los nacidos en un país frente a los de los inmigrantes.

El 20 de noviembre el Ministro del Interior francés, Bernard Cazenueve, les reprochó en París a sus homólogos del continente europeo el hecho de que con todos sus recursos y la supuesta vigilancia sobre la amenaza yihadista ninguno hubiera sido capaz de ayudarle a determinar el paradero de Abdelhamid Abaaoud, el cerebro de los atentados de París, un reproche que será recordado en los anales de la lucha europea contra el terrorismo.

Al final fueron los servicios de inteligencia marroquíes los que permitieron localizar el bloque de apartamentos al norte de la capital francesa donde Abaaoud se había estado escondiendo, como reconocieron las propias fuerzas y cuerpos de seguridad franceses. Desde hace un año las relaciones entre París y Rabat estaban tensas, pero el Rey Mohammed VI dejó a un lado la Política y puso todos los recursos de sus formidables fuerzas y cuerpos de seguridad a disposición del Elíseo en su lucha por defender a sus ciudadanos.

El hermano de Abaaoud ya se encontraba detenido en Marruecos y parece que se le utilizó para obtener información que ayudara a capturar a su hermano. El reino alauita lleva tiempo siguiendo los movimientos de entrada y salida de los marroquíes y otros ciudadanos árabes y no árabes en los campos de batalla de Siria e Irak.

Pero la preocupación de Cazenueve sobre el contraterrorismo en Europa se refiere a problemas mayores, que no puede resolver la Policía por si sola. Francia y sus países vecinos han de ajustar su estrategia de seguridad y basarse en un análisis más perspicaz de su enemigo. Las atrocidades yihadistas de hace unas semanas, en París y Bamako, ofrecen al menos un par de lecciones en este sentido.

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La primera se refiere al eterno debate que se mantiene en Europa y Norteamérica sobre si la lucha contra el yihadismo guarda más relación con la guerra, con lo militar, o con lo policial, con las fuerzas y cuerpos de seguridad, con la aplicación de la ley. La cuestión radica en la lógica del sistema estatal westfaliano. En virtud de las fronteras nacionales se establece una distinción fundamental entre “asuntos internos” dentro de las mismas, tales como la policía y los tribunales, y “política exterior” de cara al mundo allende las fronteras, desde la diplomacia hasta la intervención militar.

Pero si los ataques casi simultáneos del mes pasado en varios continentes pueden enseñarnos algo, es que los yihadistas no cuentan con tal distinción.

El enemigo es a la vez interior y exterior, nacional y extranjero. Es nacional, interno a cualquier país, porque los yihadistas actúan dentro de sus fronteras, bien sea de forma activa sobre el terreno o bien a través de Internet. Al mismo tiempo, el enemigo es extranjero, exterior a cualquier país, en el sentido de que la ideología que profesan odia el propio principio de la nación-estado. Por tanto, la naturaleza de la lucha contra-yihadista es discutible. Se trata de una guerra total, que implica la intervención tanto militar como policial y, además, la intervención no violenta para contrarrestar la propia ideología.

Para librar tal batalla se hace necesario el desarrollo de una arquitectura ininterrumpida de seguridad en la que los cuerpos policiales, las fuerzas militares y los servicios de inteligencia de todo estado cooperen entre sí y coordinen sus esfuerzos con sus homólogos de las naciones aliadas sin ningún tipo de reticencia.

En la cabecera y sobre estas líneas, escenas de París. Yann Caradec y Colville-Andersen/Fotos obtenidas en Flickr.
En la cabecera y sobre estas líneas, escenas de París. Yann Caradec y Colville-Andersen/Fotos obtenidas en Flickr

La segunda lección también es una cuestión de mentalidad y se deriva del hecho de que tres de los terroristas suicidas que murieron en los atentados de París eran ciudadanos de la misma nación blanco de sus ataques. Son cientos los ciudadanos musulmanes de los países de Europa occidental que han partido hacia el campo de batalla de Siria e Irak, y su clara intención a su regreso es traerse el combate a casa.

En Estados Unidos, por el contrario, el número de integrantes del ISIS resulta proporcionalmente menor, a fin de cuentas es poco probable que un ciudadano estadounidense de fe musulmana sucumba ante los intentos de reclutamiento yihadista.

Esta diferencia se atribuye en parte al mayor nivel educativo e ingresos de los musulmanes estadounidenses. No obstante, a juzgar por los muchos integrantes del ISIS que proceden de clases medias con buen nivel educativo, estos dos factores no permiten explicar adecuadamente el contraste.

Quizás el factor distintivo más significativo radique en cómo se identifican los ciudadanos musulmanes de los dos continentes respecto a los países en que fueron criados. En Europa, un número considerable de ciudadanos musulmanes no se sienten identificados con los valores nacionalistas tradicionales de sus países de residencia, que definen un nacionalismo que normalmente tiene sus raíces en la identidad étnica y que aún no se ha adaptado de la forma adecuada para amparar la diversidad étnica de la Europa del siglo XXI.

En Estados Unidos los musulmanes han tenido la oportunidad de integrarse como iguales en una sociedad patriótica transétnica multireligiosa, que constituye la principal propuesta de valor de una “nación de inmigrantes.”

Este contraste no resulta nada nuevo para Europa, pero actualmente lidiar con tal contraste se ha convertido en una necesidad estratégica. Esto es cuestión de “consumir la vela por ambos extremos,” en el sentido de mitigar las ideologías extremistas y al mismo tiempo fomentar una identidad más inclusiva y políticas orientadas hacia la integración de las comunidades de inmigrantes.

En cuanto a la primera medida, los ministerios del Interior de Francia, Alemania e Italia se crearon en un principio, hace ya varios siglos, como parte de un esfuerzo por afianzar la soberanía nacional dentro de sus respectivas fronteras frente al liderazgo de la Iglesia Católica, lo que constituye la definición de la lucha temprana de los estados-nación frente a las lealtades religiosas transnacionales. Pueden emplearse los propios organismos gubernamentales, reestructurados para hacer frente a la amenaza yihadista, para reducir el liderazgo islámico dentro de cada país, así como proporcionar un marco de referencia para contrarrestar el adoctrinamiento por Internet.

Para logar alcanzar una identidad más cohesionada se hace necesario llevar a cabo un ejercicio de imaginación, educación y participación socioeconómica. Los europeos han de encontrar un término medio entre el nacionalismo étnico exclusivista de los siglos pasados ​​y el multiculturalismo liberal [laissez-faire] que ha permitido que en la actualidad se formen enclaves ideológicos subestatales en muchas ciudades europeas.

El anticuado nacionalismo tenía sus raíces en un ideal de homogeneidad que ya no tiene cabida en Europa, pero los programas educativos y culturales que inculcaron ese nacionalismo a toda la población resultaron tremendamente sólidos y eficaces. Hoy día tienen que utilizarse programas similares para proveer de una identidad híbrida a los estados, que recojan las historias de las partes que los componen y transmitan el sentimiento de un futuro compartido.

Tales esfuerzos, junto con un intento serio por allanar las diferencias en cuanto a ingresos y educación, pueden contribuir a ganar la “guerra total” mediante el establecimiento de una paz civil.

Este artículo fue publicado por primera vez en The National Interest.

Traducido por Jorge Tierno Rey, autor de El Blog de Tiro Táctico.

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