El lugar más peligroso de la Tierra

Uncategorized April 30, 2016 War Is Boring 0

Se está gestando un apocalipsis nuclear en el sur de Asia por DILIP HIRO Sin lugar a dudas, durante casi dos décadas el lugar más peligroso...

Se está gestando un apocalipsis nuclear en el sur de Asia

por DILIP HIRO

Sin lugar a dudas, durante casi dos décadas el lugar más peligroso de la Tierra ha sido la frontera entre la India y Pakistán en Cachemira. Es posible que una pequeña chispa debida al intercambio de disparos de artillería y cohetes a través de la frontera pudiera, dadas las doctrinas militares conocidas de los dos vecinos con armas nucleares, llevar inexorablemente a un estallido nuclear total. En tal caso los resultados serían catastróficos. Además de causar la muerte de millones de indios y paquistaníes, tal guerra podría ocasionar un “invierno nuclear” a escala planetaria, lo que supondría unos niveles de sufrimiento y muerte que irían más allá de nuestra comprensión.

De forma inquietante la rivalidad nuclear entre la India y Pakistán acaba de entrar en una fase escalofriante. Ese peligro se deriva de la decisión adoptada por Islamabad de desplegar armas nucleares tácticas de poca potencia en sus bases militares operativas avanzadas a lo largo de toda su frontera con la India para disuadir de cualquier posible agresión por parte de fuerzas invasoras acorazadas. Peor aún, la decisión de disparar tales misiles nucleares, que cuentan con un radio de acción de entre 55 y 95 kilómetros, recae en los comandantes de cada región. Esto constituye una desviación peligrosa respecto a la práctica universal de atribuir tal autoridad al más alto mando de la nación. Tal situación no tiene parangón en la carrera armamentística nuclear Washington-Moscú de la era de la Guerra Fría.

En lo que se refiere a las armas nucleares estratégicas de Pakistán, sus piezas fundamentales se almacenan en lugares diferentes para montarse únicamente a la orden del líder del país. Por el contrario, las armas nucleares tácticas se montan previamente en una instalación nuclear y se envían a una base avanzada desde la cual se les puede dar un uso inmediato. Además de los peligros inherentes a esta política, esas armas quedarían expuestas ante la posibilidad de un uso indebido por parte de un comandante corrupto de cualquier base avanzada o a que fueran robadas por alguno de los muchos grupos armados del país.

Las posibilidades de un enfrentamiento nuclear entre los dos vecinos aumentan constantemente según dejó claro recientemente Aizaz Chaudhry, ministro de Asuntos Exteriores de Pakistán. El despliegue de armas nucleares tácticas, explicó, se planteó con el objetivo de servir a modo de “disuasión” ante la doctrina militar de “arranque en frío” [Cold Start] de la India, la cual consiste en un supuesto plan de contingencia para castigar a Pakistán de una manera contundente ante cualquier provocación inaceptable como pudiera ser un ataque terrorista contra la India con numerosas bajas.

Nueva Delhi se niega a reconocer la existencia de semejante plan de arranque en frío. Esa falta de reconocimiento es falsa. Ya en 2004 se discutió esta doctrina, que supuso la formación de ocho agrupaciones tácticas integradas (ATI) [Integrated Battle Group (IBG)] de entidad división. Éstas iban a constar de infantería, artillería, vehículos blindados y apoyo aéreo, y cada una sería capaz de operar de forma independiente en el campo de batalla. En el caso de ataques terroristas importantes por parte de cualquier grupo con sede en Pakistán, lo que está claro es que estas ATIs [IBGs] responderían inmediatamente penetrando en territorio paquistaní a través de diferentes puntos imprevistos a lo largo de la frontera sin llegar a avanzar más de 50 kilómetros hacia el interior, para cortar las redes militares de mando y control al mismo tiempo que se intenta guardar la distancia respecto a aquellas localizaciones que pudieran desencadenar una represalia nuclear.

En otras palabras, la India tiene desde hace tiempo planeada su respuesta ante ataques terroristas importantes con una acción militar convencional rápida y devastadora que ocasionara únicamente daños limitados, de tal forma que, en el mejor de los casos, no hubiera justificación para una respuesta nuclear de Pakistán.

Islamabad, por su parte, tiene planeadas diferentes formas de disuadir a los indios frente al lanzamiento de un ataque relámpago estilo arranque en frío [Cold Start] sobre su territorio. Tras mucho debate interno, sus altos mandos optaron por las armas nucleares tácticas. En 2011 los paquistaníes probaron con éxito una de esas armas. Desde entonces, según Rajesh Rajagopalan, original de Nueva Delhi y co-autor del libro El Sur de Asia Nuclear: Conceptos y Palabras Clave [Nuclear South Asia: Keywords and Concepts], parece ser que Pakistán ha estado montando entre cuatro y cinco de estas armas al año.

Todo esto ha estado sucediendo en el contexto de unas poblaciones que no se ven con buenos ojos entre sí. Una encuesta realizada por el Centro de Investigación Pew [Pew Research Center] en esa época determinó que el 72 por ciento de los paquistaníes tenían una mala opinión de la India, y que un 57 por ciento la consideraban una seria amenaza, mientras que por otro lado el 59 por ciento de los indios tenían una mala opinión de Pakistán.

Este es el contexto en el que los gobernantes de la India han dicho que un ataque nuclear táctico sobre sus fuerzas, incluso en territorio paquistaní, sería considerado como un ataque nuclear a gran escala contra la India, y que se reservaban el derecho a responder en consecuencia. Dado que la India no dispone de armas nucleares tácticas, sólo podría responder con armas nucleares estratégicas que resultan mucho más devastadoras, cuyos blancos serían posiblemente ciudades paquistaníes.

Según una estimación de 2002 del Centro de Inteligencia Militar estadounidense [Defense Intelligence Agency], en el peor de los casos una guerra nuclear entre India y Pakistán podría suponer entre ocho y doce millones de muertos en un primer momento, a los que les seguirían posteriormente muchos millones más a consecuencia del envenenamiento por radiación. Estudios más recientes han demostrado que hasta mil millones de personas en todo el mundo podrían verse en peligro de hambruna e inanición debido al humo y el hollín lanzado a la troposfera en el caso de un gran enfrentamiento nuclear en el sur de Asia. El consiguiente “invierno nuclear” y la resultante pérdida de cosechas se sumarían a un holocausto nuclear global de lento desarrollo.

El pasado mes de noviembre, para reducir las posibilidades de que se pudiera producir semejante enfrentamiento catastrófico, altos representantes del gobierno de Obama se reunieron en Washington con el Jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra de Pakistán, el Teniente General Raheel Sharif, que representa al árbitro definitivo de las políticas de seguridad nacional del país, y le instó a detener el montaje de armas nucleares tácticas. A cambio se le ofreció la promesa de poner fin a la condición de paria de Islamabad en el ámbito nuclear con su apoyo para sumarse a los 48 miembros del Grupo de Suministradores Nucleares (GSN) [Nuclear Suppliers Group (NSG)] del que ya forma parte la India. Aunque tras la visita de Sharif no se emitió ningún comunicado oficial, fue ampliamente conocido que había rechazado la oferta.

Este fracaso se reflejó implícitamente en la comparecencia del director del Centro de Inteligencia de Defensa, el Teniente General Vincent Stewart, ante la Comisión de Defensa [Armed Services Committee] durante el pasado mes de febrero. “Las armas nucleares de Pakistán continúan creciendo,” dijo. “Nos preocupa que este crecimiento, así como la evolución de la doctrina asociada a las armas [nucleares] tácticas, aumente el riesgo de un incidente o accidente.”

En la cabecera, el submarino indio de misiles balísticos Arihant. Sobre estas líneas, un misil indio Agni durante un desfile militar. Fotos de Wikipedia

Ojivas nucleares estratégicas

Desde la estimación realizada por el Centro de Inteligencia de Defensa sobre el número de muertos en el caso de una guerra nuclear en el sur de Asia, los arsenales nucleares estratégicos de la India y Pakistán no han dejado de crecer. En enero de 2016, según un informe del Congreso de Estados Unidos, el arsenal de Pakistán probablemente lo formaban entre 110 y 130 ojivas nucleares. Según el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo [Stockholm International Peace Research Institute], la India cuenta con entre 90 y 110 cabezas nucleares.

China, el otro actor de la región, cuenta con aproximadamente 260 cabezas nucleares.

A finales de los años 1990, con la India y Pakistán poniendo a prueba su nuevo armamento, sus gobiernos hicieron públicas sus doctrinas nucleares. El Consejo Asesor de Seguridad Nacional sobre la Doctrina Nuclear de la India [National Security Advisory Board on Indian Nuclear Doctrine], por ejemplo, declaró en agosto de 1999 que “la India no será la que empiece un ataque nuclear, pero responderá con duras represalias si la disuasión no funciona.”

Por entonces el Ministro de Asuntos Exteriores de la India explicó que la “mínima disuasión convincente” que se menciona en la doctrina era una cuestión de “suficiencia,” no de número de cabezas nucleares. En los años siguientes, sin embargo, ese criterio de “disuasión mínima convincente” se ha venido recalibrando periódicamente a medida que los políticos de la India continuaban empeñados en actualizar el programa de armas nucleares del país con una nueva generación de bombas de hidrógeno más potentes diseñadas para devastar ciudades.

En febrero de 2000 el presidente de Pakistán, el General Pervez Musharraf, que además era el Jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra paquistaní, creó la División de Planes Estratégicos en el seno de la Autoridad de Mando Nacional, y nombró al Teniente General Khalid Kidwai como su director general. En octubre de 2001 Kidwai presentó un borrador de la doctrina nuclear del país actualizada respecto a su mucho más poderoso económica y militarmente país vecino, y dijo que “se sabe de sobra que Pakistán no tiene una ‘política de no ser el primero.’”

A continuación, expuso los “umbrales” para el uso de armas nucleares. Remarcó que las armas nucleares del país tendrían a la India como su único blanco y se utilizarían no sólo en respuesta a un ataque nuclear por parte de dicho país, sino también en el caso de que invadieran una parte importante del territorio de Pakistán (el umbral espacial), destruyeran una parte significativa de sus fuerzas terrestres o aéreas (el umbral militar), empezaran a asfixiar económicamente a Pakistán (el umbral económico), o desestabilizaran políticamente el país a través de una subversión interna a gran escala (el umbral de la desestabilización interna).

De éstos el umbral espacial era el desencadenante más probable de un conflicto. Nueva Delhi, así como Washington, creyeron saber dónde podía encontrarse la línea roja de este umbral, aunque no existía unanimidad entre los expertos en Defensa. Muchos supusieron que se trataría de la pérdida inminente de Lahore, capital de Punjab, a tan sólo 24 kilómetros de la frontera con la India. Otros situaron la línea roja en la cuenca del río Indo que se extiende por Pakistán.

Siete meses después de este debate, las tensiones entre la India y Pakistán se intensificaron abruptamente a raíz de un ataque perpetrado por terroristas paquistaníes contra una base militar india en Cachemira en mayo de 2002. En aquel momento, Musharraf reiteró que no renunciaría al derecho de su país a ser el primero en utilizar armas nucleares. La expectativa de que Nueva Delhi fuera el blanco de una bomba atómica se hizo tan evidente que el embajador estadounidense Robert Blackwill se planteó la posibilidad de construir un búnker reforzado en el complejo de la embajada para poder sobrevivir en el caso de un ataque nuclear. Pero la idea se abandonó tan pronto como el embajador y su personal se dieron cuenta de que aquellos que se refugiaran en el búnker morirían a consecuencia de los efectos secundarios de la explosión nuclear.

Como era de esperar, los dirigentes de los dos países se encontraron al borde del abismo nuclear por culpa de una acción violenta en Cachemira, un territorio en disputa que había desencadenado ya tres guerras convencionales entre estos dos países vecinos del sur de Asia desde 1947, el año de la fundación de una India y un Pakistán independientes. Como consecuencia de la primera de estas guerras en 1947 y 1948, la India se hizo con aproximadamente la mitad de Cachemira, Pakistán se quedó con un tercio y el resto del territorio fue ocupado más tarde por China.

Soldados indios en Cachemira

Cachemira, la causa de origen de esta eterna enemistad

La disputa por Cachemira se remonta a cuando el subcontinente indio gobernado por los británicos se dividió en la India, de mayoría hindú, y Pakistán, de mayoría musulmana, y a los estados principescos indirectamente gobernados por los británicos se les dio la opción de unirse a cualquiera de esos dos países. En octubre de 1947, el maharajá hindú de Cachemira, de mayoría musulmana, firmó un “acuerdo de adhesión” con la India después de que tribus musulmanas de Pakistán invadieran su reino.

La rápida llegada de tropas indias evitó que los invasores tomaran la capital, Srinagar. Posteriormente se enfrentaron a tropas regulares paquistaníes hasta que gracias a la mediación de Naciones Unidas el 1 de enero de 1949 se firmó un alto el fuego. El acuerdo de adhesión exigía que se les diera la oportunidad de elegir entre la India y Pakistán a los habitantes de Cachemira, una vez que se restableciera la paz. Eso todavía no ha sucedido, y no parece factible que vaya a suceder.

Por temor a una derrota en un plebiscito de ese tipo, dados los predominantes sentimientos pro-pakistaníes entre los habitantes del territorio, de mayoría musulmana, la India encontró varias maneras para bloquear cualquier intento de la ONU para convocar tal referéndum. Entonces, Nueva Delhi le confirió un estatus especial a la parte de Cachemira bajo su control y convocó elecciones legislativas, mientras Pakistán observaba con inquietud.

En septiembre de 1965, toda vez que sus protestas verbales resultaron inútiles, Pakistán intentó cambiar su status quo mediante el uso de la fuerza militar. Comenzó una guerra que, una vez más, llegó a un callejón sin salida y terminó con otra tregua auspiciada por la ONU, que exigía que las partes en conflicto volvieran a la línea del alto el fuego de 1949.

A este le siguió un tercer conflicto armado entre los dos países vecinos en diciembre de 1971, lo que supuso que Pakistán perdiera su ala oriental, que se convirtió en una Bangladesh independiente. Poco después, el primer ministro indio Indira Gandhi intentó llegar a un acuerdo con el presidente paquistaní Zulfikar Ali Bhutto para transformar en una frontera internacional en Cachemira la línea de alto el fuego de 740 kilómetros de largo (a la que se pasó a llamar “Línea de Control”). Bhutto no estaba dispuesto a renunciar a la pretensión de su país para celebrar un plebiscito en toda la Cachemira pre-1947, así que rechazó el acuerdo. Por lo tanto todo continuó en un punto muerto.

Durante el régimen militar del general Zia ul Haq entre 1977 y 1988, Pakistán inició una política para desangrar a la India con mil cortes promoviendo acciones terroristas tanto en la Cachemira india como en cualquier otro lugar del país. Delhi respondió reforzando su presencia militar en Cachemira y reprimiendo brutalmente a aquellos de sus habitantes que reclamaban un plebiscito o que abogaban por la separación de la India, cometiéndose violaciones de los derechos humanos a gran escala durante el proceso.

Con el fin de detener la entrada de agitadores procedentes de la Cachemira paquistaní, la India construyó un doble vallado de casi 4 metros de alto y plantó cientos de minas en el espacio que quedaba entre las dos vallas. Posteriormente, ese vallado fue dotado además con cámaras térmicas y sensores de movimiento para facilitar la detección de cualquier intruso. A finales de los años 1990, a un lado de la línea de control había 400.000 soldados indios y al otro lado 300.000 soldados paquistaníes. No es de extrañar que el Presidente Bill Clinton llamara a esa frontera como “el lugar más peligroso del mundo.”

En la actualidad, con la adición a la mezcla de armas nucleares tácticas, el lugar es mucho más peligroso.

Misiles paquistaníes

Cachemira, la manzana venenosa de la discordia

Incluso antes de la introducción por parte de Pakistán de armas nucleares tácticas, las tensiones entre los dos países vecinos eran peligrosamente altas. De repente, a finales de 2015, se presentó un álito de esperanza para que las relaciones se normalizaran. El primer ministro indio Narendra Modi mantuvo un encuentro cordial con su homólogo paquistaní, Nawaz Sharif, con motivo del cumpleaños de este último, el pasado 25 de diciembre en Lahore.

Pero esa esperanza se desvaneció cuando, en las primeras horas del 2 de enero, cuatro terroristas paquistaníes fuertemente armados lograron cruzar la frontera internacional en Punjab, vestidos con uniformes del ejército indio, y atacaron una base aérea en Pathankot. Los terroristas mantuvieron un enfrenamiento armado que se prolongó todo un día. Ya el 5 de enero, cuando se restableció el orden, todos los terroristas acabaron muertos, pero también siete personas de seguridad y un civil indios.

El Consejo de la Yihad Unida [United Jihad Council], organización bajo cuyo paraguas se encuentran varios grupos armados separatistas en Cachemira, se atribuyó el ataque. No obstante, el gobierno indio sostenía que la operación había sido ideada por Masood Azhar, líder del Jaish-e Muhammad (Ejército de Mahoma), con sede en Pakistán.

Como en otras ocasiones, Cachemira constituía la motivación de los violentos anti-India. Por fortuna, el ataque en Pathankot resultó ser un inciente menor, insuficiente para aumentar la posibilidad de una guerra, aunque disipó cualquier buena voluntad generada durante el encuentro Modi-Sharif.

Sin embargo, no cabe mucha duda de que si se repitiera un ataque tan atroz como el perpetrado por infiltrados paquistaníes en Mumbai en noviembre de 2008, en el que 166 personas perdieron la vida y se quemó el representativo hotel de la ciudad Taj Mahal Hotel, las consecuencias podrían ser realmente graves. La doctrina de la India que supone unas represalias considerables en respuesta a la perpetración de un ataque terrorista de tal calado podría significar la ejecución casi inmediata de su estrategia de arranque en frío [Cold Start]. Eso, a su vez, probablemente llevaría a Pakistán a utilizar armas nucleares tácticas, lo cual plantearía una auténtica posibilidad de un holocausto nuclear total con consecuencias globales.

Además del duradero embrollo en Cachemira se encuentra el profundo temor de Pakistán frente a una India mucho más grande y poderosa, y todo su rechazo ante la ambición de la India para convertirse en la potencia hegemónica del sur de Asia. Independientemente de su signo político, los gobiernos de Nueva Delhi han seguido la vía de la fuerza en cuanto a la seguridad nacional con el objetivo de reforzar la capacidad defensiva del país.

En general, los líderes indios están decididos a demostrar que su país se encuentra inmerso en lo que ellos llaman “la edad de la ambición.” Cuando, en julio de 2009, el primer ministro Manmohan Singh lanzó oficialmente un submarino nuclear de misiles balísticos de fabricación nacional, el INS Arihant, se consideró que se había dado un paso dramático en esa dirección. Según expertos en Defensa, ese buque fue el primero de su clase que no era construido por una de las cinco potencias nucleares reconocidas: Estados Unidos, Gran Bretaña, China, Francia y Rusia.

Los aviones de combate indios Jaguar cuentan supuestamente con capacidad nuclear

Los dos lugares nucleares secretos de la India

En el frente nuclear de la India, había más por llegar. En diciembre pasado, una investigación realizada por el Centro por la Integridad Pública [Center for Public Integrity], con sede en Washington, reveló que el gobierno de la India está invirtiendo 100 millones de dólares en la construcción de una ciudad nuclear altamente secreta con una extensión de más de 30 kilómetros cuadrados en las cercanías del pueblo de Challakere, a poco más de 250 kilómetros al norte de la ciudad sureña de Mysore.

Cuando finalicen las obras, posiblemente ya para 2017, se tratará del “complejo militar más grande del subcontinente de centrifugadoras nucleares, laboratorios de investigación atómica e instalaciones de pruebas de armas y aviones.” Entre los objetivos del proyecto figuran aumentar la investigación nuclear del país, producir combustible para los reactores nucleares del país y ayudar a alimentar su creciente flota de submarinos nucleares. Para su protección estará rodeado de puestos militares, lo que convierte al lugar en una virtual instalación militar.

Otro proyecto secreto, la Planta India de Materiales Raros [Indian Rare Materials Plant (IRMP)], cerca de Mysore, ya se encuentra en funcionamiento. Se trata de un nuevo complejo de enriquecimiento de uranio que alimenta los programas de armas nucleares del país, al mismo tiempo que sienta las bases de un ambicioso proyecto para la creación de un arsenal de bombas de hidrógeno.

El objetivo general de estos proyectos consiste en proporcionar a la India una reserva adicional de combustible de uranio enriquecido que se podría utilizar en bombas de ese tipo en el futuro. Como instalación militar, el proyecto de Challakere no estará abierto a la inspección por la Agencia Internacional de Energía Atómica [International Atomic Energy Agency] ni por Washington, en tanto que el acuerdo nuclear firmado con EE.UU. por la India en el año 2008 excluye el acceso a las instalaciones de carácter militar.

Estos proyectos son dirigidos por la oficina del primer ministro, que se encarga de supervisar todos los proyectos sobre energía atómica. La Ley de Energía Atómica de la India y su Ley de Secretos Oficiales mantienen en secreto todo lo relacionado con el programa nuclear del país. En el pasado, aquellos que intentaron obtener una imagen más completa del arsenal indio y las instalaciones que lo alimentan fueron callados.

No es de extrañar entonces que un alto funcionario de la Casa Blanca dijera recientemente que “incluso para nosotros, los detalles del programa de la India siempre son incompletos y poco consistentes.” A lo que añadió, “se vigila constantemente lo que sucede en Mysore y los progresos que se van produciendo en Challakere.”

No obstante, según Gary Samore, un antiguo coordinador del control de armas y armas de destrucción masiva del gobierno de Obama, “la India pretende fabricar armas termonucleares como parte de su disuasión estratégica frente a China. No está claro cuándo logrará la India alcanzar este objetivo de disponer de un arsenal más grande y más potente, pero lo hará.”

En cuanto disponga de esas armas no hay nada que impida a la India desplegarlas frente a Pakistán. “En la actualidad la India está desarrollando bombas muy grandes, bombas de hidrógeno que pueden arrasar ciudades”, decía Pervez Hoodbhoy, un importante analista paquistaní de seguridad nacional y nuclear. “No tienen interés en… armas nucleares para su uso en el campo de batalla; lo que están desarrollando son armas nucleares para acabar con núcleos de población.”

En otras palabras, mientras el conflicto de Cachemira continúe abierto, se van a producir ataques terroristas periódicos contra la India y va a continuar alimentándose la competición entre Nueva Delhi e Islamabad por ver quién supera a quién en cuanto al tamaño y variedad de sus arsenales nucleares, por lo que el peligro para el sur de Asia en particular y para todo el mundo en general no va a hacer más que aumentar.

Este artículo fue publicado por primera vez en TomDispatch.

Traducido por Jorge Tierno Rey, autor de El Blog de Tiro Táctico.


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